miércoles, 22 de enero de 2020

Cautrocientos años y un viernes



Cuatrocientos años y un viernes
«El Gran Poder nos impone una condena, en este año jubilar, por sus cuatro siglos de cruz»
Por ALBERTO GARCÍA REYES, 20 de enero de 2020 21:00 h.
Artículo publicado el 25 de noviembre de 2019 en ABC de Sevilla por el que el autor ha ganado el Premio «Fernando Carrasco» del Consejo de Cofradías 


En el punto de fuga del talón cabe el mundo los viernes. Dios se muda. Le salpica la luz en la negrura de su rostro de rabia contenida, esa luz vespertina de la plaza que proyecta la cruz en la memoria de las sombras del tiempo y de la sangre. Cristo vive en el beso de los labios de Sevilla, la tierra prometida, y se afana en callarse cuatro siglos de recuerdos, de ruegos, de amarguras. Cuatro siglos ya cumple el Gran Poder. Cuatrocientos tormentos de la noche infinita y letal, eterna y corta, que se clava en los huesos de la historia de esta tierra que apenas tiene un día: el viernes del Señor en San Lorenzo.
La condena de Dios aquí en Sevilla se ha dictado en los cielos de la boca del espíritu santo. El Nazareno. Y la tarde le grita en sinfonía jubilar, con los ojos en silencio, abrazadas las pestañas devotas mientras rezan los párpados callados, al Señor de la túnica de cardos, al del oro bordado sobre llagas, al del largo quejido de saeta. Y el Señor sigue ahí, roto de vida, para darnos la luz en los adentros cuando coja el camino de los barrios donde el alba se atrasa cada día como un viejo reloj que nada espera y las casas padecen desconchones en la piel de los hombres olvidados. El Señor entrará en tu casa pronto. En la tuya. Serás su fiel anfitrión. No tendrás que viajar hasta su templo. Será Él quien vendrá hasta tu morada a sanarte del odio de los hombres. Tú serás el primer protagonista e irás sobre sus andas al perdón. Tú, vecino de arrabal del abandono.
El mensaje de Dios es su poder. Su Gran Poder sin fin, sin condiciones. Juan de Mesa talló la omnipotencia, no la cara más pura del dolor, ni la queja más honda de Jesús, ni la humilde belleza del amor, ni la negra aflicción del condenado, ni la sangre gorda del humillado, ni el suspiro mortal de Cristo a solas. Juan de Mesa talló la luz a oscuras, el aire que respiran los perdidos cuando rezan sin saber por qué rezan, no madera que se esculpe y se admira. No talló una obra de arte sublime. Juan de Mesa talló la infinitud intangible, la salvación del alma. Para Sevilla. Toda la ciudad. No sólo el tramo de insignias y varas. También para devotos que no pueden pagar una cuota de amor a Dios. Para aquellos que lo miran de frente cada viernes y se vuelven a casa agarrados a la barra del techo, rodeados de rutinas y baches, de facturas sin pagar, de problemas… Juan de Mesa talló también los cardos, no las rosas doradas de la fe.
He contemplado al Señor estos días y lo he visto pasar por las ventanas de los tristes hogares sin futuro. He visto que su cruz es esa ruina y he entendido su gesto resignado: yo no sé qué es más largo, si el suspiro o la inmensa zancada con que irá a las puertas del templo de los pobres que llevan cuatro siglos reservando cada viernes de su humilde almanaque para estar junto a Él, para pedirle que les quite la cruz y darle gracias. El Señor de Sevilla nos condena: rezad cuatrocientos años y un viernes.


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